Mujeres Alquimistas – Martine de Bertereau, Baronesa de Beausoleil

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Mujeres Alquimistas

 Martine de Bertereau, Baronesa de Beausoleil, Geóloga y Alquimista

 

Autor: Joaquín Pérez Pariente; Ignacio M. Pascual Valderrama.
Instituto de Catálisis y Petroleoquímica. CSIC

“Coincidiendo con los años en los que Béroalde de Verville concibe su obra sobre
Flamel, una compatriota suya va a encarnar la ficción literaria por él fabricada, un personaje real y trágico, que va a llevar mucho más lejos los trabajos de Perrenelle, y que, al contrario que ésta, dejará en la historia una huella más profunda que la de su marido. Nos estamos refiriendo a Martine de Bertereau, que pasa por ser la primera mujer zahorí y la primera geóloga que ha habido en la Historia de Francia, así como también una de las primeras personas que llamó la atención sobre los recursos minerales del país, al mostrar los enormes beneficios que podría obtener el erario público si se aprendía a explotar de manera racional las riquezas del subsuelo. Desgraciadamente, a pesar del interés de sus propuestas y pese a lo atractivo de su personalidad, Bertereau ha sido un personaje maldito, condenado al olvido. Eso sí, en contraposición con lo que les ha sucedido a otras científicas, creemos que esta situación no se debe tanto al hecho de ser mujer, como al triste e injusto final que la vida le deparó: no en vano, el manto de silencio que la rodea afecta igualmente a su esposo, el geólogo y minerólogo Jean de Châtelet.

No adelantemos, sin embargo, los acontecimientos y centrémonos por el momento en
los orígenes de Bertereau, cuestión sobre la que aún existen numerosas incógnitas. Nacida
entre 1585 y 1590, su apellido es el de una familia de la baja nobleza de la Turena y
Berry, por lo que suponemos que habría nacido en alguna de estas dos regiones francesas.
Indudablemente, el hecho de pertenecer a un ambiente acomodado fue lo que le permitió
recibir una esmerada educación, como se aprecia en sus obras. Escritas en un francés muy
elegante, en ellas da sobradas muestras de dominar el latín y contar con ciertas nociones de hebreo, algo inaudito en una mujer de su tiempo. Asimismo, desde muy temprano debió de recibir una formación científica, centrada en la alquimia, la astrología y, en especial, en la mineralogía, pues según se viene repitiendo era ésta una “una ciencia hereditaria en su casa” (Duvergier de Hauranne 1744, Vol. 2: 754).

Como decíamos, Bertereau contrajo matrimonio en torno a 1610 con Jean de
Châtelet, barón de Beausoleil y de Auffenbach, nacido en el Brabante en 1578. Aunque
en un principio se había dedicado a la milicia, en seguida la abandonó para entregarse
a la mineralogía. Consciente de la importancia que tenía la experimentación y deseoso
de adquirir conocimientos prácticos, había recorrido las minas de media Europa, antes de
recalar en Francia, a principios del s. XVI. Tras la boda y, durante los primeros 16 años
de matrimonio –aproximadamente, entre 1610 y 1626–, el barón prosiguió incansable
sus viajes, acompañado a partir de este momento por su esposa. Juntos recorrieron buena
parte de Europa y parece que llegaron hasta el Nuevo Mundo, al Alto Perú (actual Bolivia),
atraídos por las nuevas técnicas extractivas que por aquel entonces estaban ensayando los
españoles. Sin duda, debió de ser en el curso de estos años cuando Bertereau amplió su
formación científica y cuando aprendió español, italiano y alemán.

En 1626, la pareja regresó a suelo galo. La minería en Francia se encontraba por
aquellos años en una situación penosa. Muchas minas, conocidas desde la época romana
y explotadas durante todo el Medioevo, habían dejado de ser rentables o bien se habían
abandonado. En este contexto, la tarea de los Beausoleil consistía en reabrir las minas que
estuviesen en situación de volverse a explotar y localizar nuevos yacimientos, con el fin de
mejorar las finanzas de la monarquía. Los dos esposos cumplieron lo que se esperaba de
ellos. Primero recorrieron el sur de Francia, y de ahí se trasladaron a Morlaix, en Bretaña,
con la intención de proseguir sus pesquisas por el noroeste del país. Es ésta una época muy productiva, pues es entonces cuando se data el principal trabajo del barón, el Diorismus verae philosophiae de materia prima lapidis (1627). Sin embargo, sus labores pronto fueron interrumpidas por un triste incidente. En 1627, mientras el barón se encontraba en el bosque de Buisson Rochemares, buscando una mina, y mientras la baronesa se hallaba en Rennes, presentando ante el parlamento bretón las credenciales que Luis XIII les había dado, su casa de Morlaix fue saqueada, por orden de un “preboste del duque de Bretaña”, apodado La Touche-Grippé. Todos sus bienes fueron requisados y a ellos se les acusó de emplear artes diabólicas para localizar las minas. Probablemente, nos encontramos ante un conflicto entre el poder central y el local: los nobles bretones no querían compartir con la Corte los beneficios derivados de las explotaciones mineras y se valieron de las supersticiones populares para deshacerse de estos molestos delegados reales, que ponían en peligro sus negocios.

Aunque las acusaciones de brujería no prosperaron, sus bienes no les fueron devueltos.
Francia había dejado de ser un lugar seguro para los Beausoleil y, en vista de ello, decidieron trasladarse a Alemania, donde obtuvieron un magnífico recibimiento: nada más llegar, en 1629, el emperador Fernando II nombró a Jean de Châtelet consejero y comisario de las minas de Hungría. Sin embargo, la pareja no estaba contenta. Era mucho lo que habían invertido en Francia y esperaban recuperarlo con creces, siempre que se les permitiera seguir con su plan de recuperación minera. Por eso, en cuanto les surgió la primera oportunidad de regresar a suelo galo, no se lo pensaron dos veces. El emperador aceptó mantener como responsable de las minas de Hungría a Hercule, hijo mayor de la pareja, e incluso aceptó escribir para ellos una carta de recomendación. Así, en 1632 el matrimonio pudo entrar triunfalmente en el reino de Luis XIII, acompañado por 60 mineros de Europa central. Las comisiones recibidas en 1626 fueron confirmadas, pero pronto resurgieron los problemas que les habían llevado a dejar Bretaña y a refugiarse en el Sacro Imperio. Esta vez fueron los parlamentos de Pau y de Dijon los que rechazaron colaborar con los Beausoleil. Quizás por ello, en previsión de futuros conflictos, la baronesa escribió una carta abierta a Luis XIII,  Verdadera declaración hecha al rey de Francia (1632), en cuyo preámbulo se vio obligada a justificar por qué, siendo mujer, se había  atrevido a presentar tal escrito:

Varios, viendo en el frontispicio de este discurso el nombre de una mujer, me juzgarán al
mismo tiempo más capaz de la economía de una casa y de las delicadezas acostumbradas
de este sexo, que capaz de perforar y cavar en las montañas, y juzgar muy exactamente los grandes tesoros y bendiciones en cerradas y ocultas en aquellas. Opiniones verdaderamente perdonables a los que no han leído las historias antiguas, en las que se ve que las mujeres no han sido solamente belicosas y valerosas con las armas, sino también doctas en la Filosofía, y que han enseñado en las escuelas públicas entre los Griegos y Romanos.

La Verdadera declaración es una interesante memoria, en la que menciona las más
de 150 minas que habían descubierto y explica la importancia que tales hallazgos tenían
para la economía del país. Igualmente, lamenta que esos descubrimientos, tan provechosos
para las arcas reales, habían sido sufragados con su propio dinero y solicita que se les
recompense de algún modo, devolviéndoseles los bienes que les habían sido confiscados
en Bretaña y otorgándoles las concesiones para explotar algunas de esas minas. En último
término, insinúa que algunas personas de la Corte envidian los éxitos que su trabajo podía
reportarles y se burla de quienes nunca han entrado en una mina y no tienen conocimientos prácticos, pero se creen expertos en mineralogía por el simple hecho de haber leído a Plinio. Obviamente, en la actualidad no conocemos los nombres de esas personas. Sin embargo, con toda seguridad ellas sí se dieron por aludidas, con los riesgos que esto entrañaba para los Beausoleil.

Luis XIII respondió a la Verdadera declaración manteniendo y ampliando su confianza
en los barones. En 1634 incluso nombró a Jean de Châtelet Inspector General de todas las
minas de Francia. Sin embargo, evitó atender las demandas económicas de la pareja, quizá
porque el estado francés, inmerso en plena Guerra de los Treinta Años, no podía satisfacerlas. El matrimonio aguantó seis años como pudo y amplió sus pesquisas a otras regiones. Sin embargo, al ver que seguía sin llegar la ayuda y estando en una situación económica muy apurada, Bertereau se animó a escribir otra petición, la Restitución de Plutón (1640). Las intenciones de la obra se parecen mucho a las de la carta de 1632, nada más que esta vez la autora se dirige al cardenal Richelieu, en lugar de hacerlo al rey. Al igual que en aquella ocasión, su escrito se movía a medio camino entre un balance de los hallazgos realizados y una petición de ayuda económica para proseguir con su trabajo, algo con lo que la Corona iba a obtener gran beneficio. No obstante, Richelieu reaccionó de una manera muy distinta a como lo había hecho años atrás el monarca, pues no sólo no satisfizo sus demandas, sino que, además, utilizó el tratado de Beausoleil para acusar al matrimonio de brujería y encarcelarlos por separado. A Jean de Châtelet lo confinó en la Bastilla, donde pasaría el resto de sus días, hasta su muerte en 1645. Por su parte, Bertereau fue encarcelada en Vincennes junto a una de sus hijas. El rastro de ambas mujeres se pierde en prisión, aunque se calcula que no debieron de tardar mucho en morir, por lo menos la madre, cuya muerte se suele situar hacia 1642/43.

Ignoramos las verdaderas razones por las que el valido de Luis XIII respondió con
tanta virulencia ante la lectura de la Restitución de Plutón. Se ha especulado con la posibilidad de que tomara a la pareja de minerólogos por espías al servicio de los Habsburgo, dados los vínculos que les unían con el emperador Fernando II. Sin embargo, este extremo no se ha llegado a confirmar. Por el contrario, tal y como señala Kölbl-Ebert, cabe otra explicación mucho más prosaica: hemos visto que, a lo largo de toda su trayectoria en Francia, el matrimonio había entrado siempre en conflicto con autoridades locales, que explotaban las minas francesas a pequeña escala, seguramente con medios muy rudimentarios, pero sin tener que pagar impuestos o rendir cuentas de ello ante la Corona. Así pues, tal vez lo que pasó fue simple y llanamente esto: la nobleza provincial llegó a un acuerdo con Richelieu, a cambio de que éste se deshiciera de esos “extraños” que estaban inmiscuyéndose en sus asuntos.

Existe una muy estrecha relación entre la minería y la alquimia, ya que las teorías
alquímicas de la constitución y generación de los metales en el seno de la Tierra consideraban que esta actúa a manera de una matriz en la que los minerales se desarrollan como si se tratara de un embrión, que con el tiempo producirá los metales nobles plata y oro, los más perfectos de todos por su estabilidad química. Esas creencias eran compartidas por aquellos que se dedicaban a las labores mineras y en general por los eruditos de la época en la que los esposos Beausoleil llevaron a cabo sus prospecciones mineras, y así lo recoge la baronesa en sus escritos. En su obra La Restitución de Plutón, incluye un apartado titulado Espíritu universal en todos los elementos, pruebas de la transmutación de los metales, en el que sostiene la existencia de un Espíritu Universal presente en todas las sustancias Elementales, que es el responsable de los procesos de generación, de que cada cosa produzca su semejante. La existencia real de este Espíritu «….se puede probar diariamente en las minas, en las que todos los metales tienen un principio de crecimiento por un licor vaporoso, que sale de las matrices metálicas, pues se forma como un aceite graso, o como mantequilla, al final del cual encontramos a menudo oro y plana finos». Continúa en el apartado Elixir de los Antiguos, afirmando que los antiguos Filósofos, refiriéndose a los alquimistas, han utilizado esa sustancia para componer el gran Elixir, «que cura todas las enfermedades más incurables, y purga los metales de sus imperfecciones, y los lleva al grado supremo al que la naturaleza
tiende después de largos años». Es decir, que transmuta los metales no nobles, en oro, el más perfecto de todos ellos. Expone a continuación de manera detallada las teorías alquímicas de generación de los metales, cuyo origen se remonta al alquimista árabe Jabir, en el siglo VIII. El propósito final de toda esa exposición era demostrar que los resultados que obtuvieron durante los años en los que exploraron el territorio francés descubriendo numerosas minas ricas en diversos metales, se debieron a sus conocimientos sobre la constitución de los metales y minerales, adquiridos durante largos años de estudio y trabajo en las minas, y no a ninguna operación mágica, como les acusaban sus detractores. A la vista de la evolución posterior de los acontecimientos, no parece que sus argumentos sirviesen para contrarrestar las intrigas de sus enemigos en la corte”

Fuente: Pérez, J. P. y Pascual, I. M. (2010). SOBRE LA RELACIÓN ENTRE LA MUJER Y LA ALQUIMIA: DEL LABORATORIO AL SÍMBOLO. Dossiers Feministes. 14, 2010, 34-54.

 

 

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